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domingo, 14 de octubre de 2007

Esta paranoia es de Duczen

Steven Hawks

00. Guía de Monette's
01. Peter Dean
02. John Buck
03. Steven Hawks
04. Mae Burr
05. Jelissa Hawks
06. Fred Bale
07. Jennifer
08. Tom Mcgurn
09. Carol Bale
10. Brian Ness
11. Bill Torrio
12. Dorothy



23:15 p.m.
14 de Febrero de 1943
KayRiver City


Allí, de pie, mirando la lluvia romper contra la ventana Steven Hawks repasaba a grandes rasgos lo que había sido su vida. Nunca había tenido conciencia ni remordimientos, pero estos últimos meses se sentía sucio. El umbral de su resistencia había sobrepasado con creces los límites establecidos. Su matrimonio era un fracaso con mínimas esperanzas de solución. Era culpa suya. Su suerte y su maldición. Se había casado con el amor de su vida, una mujer maravillosa que le amaba y le permitía hacerlo; pero su trabajo, sus acciones y la gente que le rodea le habían hecho tragar más mierda de la que una persona podía digerir sin convertirse en un monstruo. Por eso se sentía sucio.

Ya se había vestido con su traje impecable que desentonaba violentamente con la habitación del hotel Bel-Air. Un cuarto con una vieja cama coronada por un cabecero metálico recubierto de pintura negra y ribetes en color oro, pomposo y hortera. El resto de la habitación no desentonaba, cortinas raídas, una cómoda de madera con espejo y adornos estrafalarios y excesivos, el cuarto de baño refugio de más de una especie de animales y una mujer. Daba igual cual. Al principio buscaba elegancia, belleza, lujo y todo tipo de oropeles sociales; pero ahora le valía cualquiera. No les preguntaba su nombre, ni hablaba con ellas más de lo que fuera necesario. Eran mercancía anónima e impersonal. Tampoco necesitaba emborracharse como las primeras veces. Quería sentir que había tocado fondo, que ya no podía caer más bajo y una vez desprovisto de toda esperanza poder encontrar algo de ilusión, pero nunca llegaba.

Ella, una mujer rubia, de amplias curvas y poderosas carnes, profesional en toda regla, se estaba vistiendo sentada en la cama deshecha. No le miraba. Se ponía las medias de rejilla con sumo cuidado para no estropearlas. No podía permitirse semejantes bajas en su uniforme laboral. A un lado de la cama tenía la recompensa, merecida, por su trabajo y en la silla reposaba su vestido rojo, demasiado corto para estas fechas y magnífico reclamo. Steven la miró de reojo, estaba de espaldas a Él, pero pudo adivinar la curva de sus pechos todavía desnudos. En otra situación, en otro lugar o en otra vida esta mujer podría haber sido perfectamente su esposa, la madre de sus hijos. Sonrió asqueado una vez más por su vida. Su piel apestaba a perfume barato. No era un mal olor pero si uno fuerte que más que embriagar confundía todos los sentidos, algo normal cuando tratas con demasiados hombres que no entienden de higiene. Debería ducharse antes de volver a casa para no tener más problemas, aunque su mujer ya estaba al tanto de sus aventuras extramatrimoniales.

La lluvia seguía azotando con fuerza la ciudad, castigándola como si hubiera llegado el juicio final y sus pecados la hubieran condenado por toda la eternidad. No veía llover así desde que era un joven médico deseoso de cambiar el mundo. Aquellos días quedaban muy lejanos. En ellos hizo la mejor acción de su vida y, gracias a ella, se dejó seducir por el miedo y el poder. Unos meses después dejó la medicina por la abogacía. Fue una decisión que nadie entendió. Desvió sus pasos de la labor social hacía las entrañas de justicia, hacia el lado más sórdido. Se convirtió en defensor de toda clase de gentuza que antes eran el mal de su trabajo e irónicamente ahora eran mucho peor. Se convirtió en la escoria que se sentía ahora.

¿Qué habría sido de esa niña?. Una familia en el lugar equivocado y a la hora equivocada. Sólo ella tuvo fortuna, si se puede llamar así. Él y el actual jefe de policía, Brian Ness, entonces un oficial con una prometedora carrera (ahora confirmada), obraron el milagro. Recordaba esa sensación, el sentirse bien al hacer lo correcto, y ese recuerdo le ahogaba más y más, le asfixiaba. El miedo fue más fuerte.


Unos meses atrás, después de una discusión con su mujer, Steve se emborrachó y contó aquel día a un ocasional compañero de alcohol, alguien anónimo. Un peligroso error en estos tiempos. En casi 16 años nunca había hablado de ella, tal y como prometieron. Esa noche se desahogo, liberó su secreto. ¿Liberar?, más bien lo traicionó. Esa fue la gota que colmó el vaso y le arrastró sin vuelta atrás a donde se encontraba ahora. Toda la vida con miedo y ahora él era el culpable. ¿Qué años tendría ahora?, 23, no, 24 años. Será una mujer hermosa, esa niña ya lo era, un ángel perdido en la oscuridad. Daría lo que fuera por verla, si es que aún sigue viva. Por no haber bebido esa noche en la que habló de más. Daría lo que fuera porque tan sólo fuera una historia de alcohol, de tantas otras que se pierden en el olvido, la fantasía de un demente sin repercusión alguna. Esa duda le abrasaba las venas, ardía en su interior. Daría lo que fuera por poder redimir su ahora triste vida. Hacer lo correcto y sentirse bien, tan sólo una vez más.

Inmerso en sus tribulaciones no se había percatado de que la mujer había abandonado la habitación. La vio cruzar la calle Brown en medio de la lluvia con su paraguas rojo. El trabajo es el trabajo. Se dirigiría a Downtown, una zona propicia para ella y su negocio, a Boulevard Dreams o La ruta de la carne como era más conocida. Una larga avenida que atravesaba el corazón del Downtown.
La siguió con la mirada, se acercaba a la esquina de la calle 43 y entonces lo vio, un relámpago iluminó una de las habitaciones del edificio que tenía en frente. Demasiados años de experiencias le hicieron comprender que ese fogonazo no podía ser sino el mortal saludo de la pólvora. El sentido común, y esa misma experiencia, le ordenaron apartarse de la ventana y no seguir observando, pero la curiosidad y la hastía de su odiada vida fueron más fuertes.

Poco después le vio salir del edificio. Colocarse la gabardina, mirar a ambos lados de la calle y perderse en la lluvia, no sin antes recrearse brevemente con la mujer, ajena a lo que había sucedido.

Steve le reconoció al instante.



4 comentarios:

Ender Wiggins dijo...

[Modo Todavía no me lo he leido ON]

¿Por qué, cuando veo el título de un nuevo capítulo de esta serie, estoy siempre esperando que el nombre del título sea Steve Buscemi?

[Modo Vaya paranoias mentales más raras tengo OFF]

Mr Blonde dijo...

Me sobra una oreja de varón blanco caucasiano. Ideal para escuchar a K-BILLY's Super Sounds Of The 70´s.

Ender Wiggins dijo...

mantiene y aumenta la intriga. Me gusta. Un poco más de recreo en la mujer no hubiese venido mal (en la descripción de la mujer, no seas malpensaos)

SueEllenRV dijo...

Coincido con Ender en que la intriga aumenta, para ser novela negra me está gustando, sigue así.