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jueves, 10 de enero de 2008

Esta paranoia es de Duczen

Tom McGurn

00. Guía de Monette's
01. Peter Dean
02. John Buck
03. Steven Hawks
04. Mae Burr
05. Jelissa Hawks
06. Fred Bale
07. Jennifer
08. Tom Mcgurn
09. Carol Bale
10. Brian Ness
11. Bill Torrio
12. Dorothy


21:09 p.m.
KayRiver City
17 de Febrero de 1943



Parecía una casa más, adosada, unifamiliar y de clase media, mediocre en resumidas cuentas; pero no era así. En su interior, durante varios años, se escondían aquellas personas que podían cambiar el curso de los acontecimientos y el devenir de la ciudad. Esta noche era el guardián del testigo más importante de todos los inquilinos invitados a compartir su espera. El piso franco de la policía de Kayriver City era el secreto mejor guardado de la ciudad. Era una noche tranquila sin sobresaltos a pesar de estar en pleno corazón de Serena Beach, distrito tomado por la juventud y su edad. Aparentemente no era el mejor de los lugares para mantener el anonimato, pero el corazón de la indiscreción estaba resultando ser el mejor de los disfraces y máxime si se elegía bien el barrio.

Aún así, Steven Hawks no estaba tranquilo. Sentía una mezcla de miedo y culpabilidad que no le dejaba relajarse. Había perdido el apetito. Algo increíble dada su experiencia y la clase de responsabilidades que habían jalonado su truculenta vida. No estaba preocupado por lo que estaba realizando. No les tenía miedo, lo dejo atrás hace tres noches en el mismo momento que se asomó a la ventana del hotel Bel-Air, a ellos no. Su temor, y por tanto su culpabilidad, eran en exclusiva propiedad de su mujer, Jelissa. Indirectamente había causado tanto dolor sin tener el más mínimo atisbo de responsabilidad que, ahora que Él era el único artífice, no podía soportarlo y el alma le ardía dentro. Tuvo que contárselo, todo, sin reservas, sin esconderse nada, sin guardarse nada, simplemente se desahogó. Liberó un peso que ese mismo día se convirtió en insoportable. ¿Y la niña?, esa única persona a la que ayudó y, por qué no, quiso en su vida, junto a Jelissa. Por favor, suplicó a la habitación, que no haya causado ningún mal.

No era una buena noche en su cabeza. Uno de los cuatro policías que le escoltaban, o retenían según el punto de vista, se interesó por Steven. Había otras dos parejas más situadas en el exterior reforzando la seguridad sin levantar sospechas, los cuales informaban cada media hora. Hacía cinco minutos que lo habían hecho. Steven asintió con la cabeza justo a tiempo para ver como una certera bala se alojaba en la cabeza del desafortunado policía y le reventaba los sesos llenándo todo su espacio de sangre. El sonido fue atroz. Steven no reaccionó, los restos del policía cubrían su cara. Durante unos pocos segundos la habitación fue un caos de disparos, estallido de cuerpos, gritos de dolor y sangre; mucha sangre, toda sucia, toda muerta. En menos de un minuto, los cuatro policías estaban cosidos brutalmente a balazos en contraposición a sus asesinos que no habían recibido ni un rasguño. Steven permaneció inmovil.




Rápidamente entraron en la casa 5 hombres armados con ametralladoras M1 Thompson. Los policías de fuera debían haber corrido la misma suerte, más silenciosa, pero con idéntico final. Apuntaron a Steven y esperaron. Pasados unos segundos entró otro hombre. Estaba fumando y ocultaba su rostro bajo un sombrero. Steven no necesitaba verle la cara para saber quien era ni lo que iba a suceder. El hombre miró a los policías muertos, a uno de ellos lo zarandeó levemente con su pie mostrando su desprecio por ellos. -Así me gusta ver al cuerpo de Policía... dando la vida por su ciudad-. Comentó dirigiéndose hacia el ropero situado a la entrada. Se quitó la gabardina y el sombrero y los colgó en la percha. -La comodidad no siempre es signo de debilidad y no quiero manchar mi abrigo, es demasiado caro para tan poco... tu-. Acto seguido, Tom Mcgurn, se acercó a Steven a quien previamente habían sentado en una silla en mitad del salón.

Antes de que el dolor llegara al centro neurálgico de sus sensaciones, Steven ya había recibido tres violentos puñetazos. Tenía la cara cubierta de sangre, esta vez de su sangre, unos cuantos dientes rotos, la ceja partida y la mandíbula desencajada. Tom observo su obra. Cada día le gustaba más su trabajo y a fé que era bueno en él. Ordenó al resto de sus hombres que le esperaran fuera, sería rápido, sólo necesitaba un minuto. Así lo hicieron. Steven no podía hablar, tampoco quería. Su mente había abandonado su cuerpo, se había enajenado y sólo tenía cabida para el recuerdo de su mujer y la niña, ambas agarradas de la mano. Sabía que eso no era posible, pero aún así se concentró en disfrutar esa imagen. Las oyó reírse. Hubiera sonreído si su maltrecha cara se lo hubiera permitido y llego el final. -No se juega con nosotros ni se nos traiciona, y tu, viejo amigo, deberías saberlo mejor que nadie -susurró Tom. -Podría decir que no quiero hacerlo o que no disfruto con ello, pero mentiría. No soy un monstruo y como atención a todos los años que nos has servido iré directamente al grano y me lo agradecerás, de eso estate seguro -Tom se tomó unos segundo, tal vez para descansar, tal vez para saborear más el momento. -Ahora sabrás lo que hacemos con los mirones y con los chivatos.

Tom cortó la lengua de Steven y le sacó ambos ojos. Steven se retorcía de dolor, sufría espasmos y convulsiones mientras Tom le observaba y se encendía un cigarrillo. La escena dantesca duró lo que tardó en consumirse el cigarro, entonces Tom le seccionó la garganta causándole la muerte. Steven descansó por fin. Tom colocó la lengua y los ojos en el regazo de Steven e inclinó su cabeza hacia atrás dejando caer los brazos a ambos lados. Limpió su navaja, su fiel navaja que le acompañaba desde que no era más que un crío y que de tantos problemas le había sacado, y salió fuera cerrando la puerta.
Nunca se sabe quien puede entrar en tu casa.



2 comentarios:

Tere dijo...

Buenas!!

Gracias por pasaos por mi blog a felicitarme :)

Un besico!!!!!

SueEllenRV dijo...

Cuánta violencia!